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domingo, 4 de diciembre de 2016

UNA REFLEXIÓN SOBRE UN POEMA DE JOSÉ AGUSTÍN GOYTISOLO




NADA MÁS

El aire de los chopos
y vuelvo a recordar.
En un día de marzo
te fuiste. Nada más.

Una sonrisa tuya
o un gesto. Claridad
como la de tus ojos
no he visto. Nada más.

Luego días de ira
dolor y adversidad.
Y en medio de la noche
tu estrella. Nada más.

Por su fulgor perenne
contra la eternidad
te ofrezco unas palabras
de amor. Y nada más.

José Agustín Goytisolo


Un lugar para una madre

A José Agustín Goytisolo (1928-1999) le tocó vivir un hecho traumático en su infancia. Un día de marzo de 1938, su madre, Julia Gay, de visita en Barcelona, perdió la vida como consecuencia de un bombardeo de la Aviación Legionaria italiana, que actuaba en apoyo de las tropas nacionales. Una niña y sus tres hermanos, que andando el tiempo se convertirían en escritores de renombre, quedaron huérfanos.
A José Agustín Goytisolo, el mayor de los tres varones, le faltaba en el momento del luctuoso acontecimiento menos de un mes para cumplir 10 años. El padre, conmocionado, decidido a poner límite a su pesadumbre, prohibió a los hijos pronunciar en casa las palabras madre o mamá. El veto contribuyó a hacer aún más patente en los huérfanos la ausencia del ser querido.
La muerte violenta de su madre marcó a José Agustín Goytisolo de por vida. Ella es el asunto principal de su primer libro de poemas, El retorno (1955); a ella volvió el poeta de manera nuevamente intensa en Final de un adiós (1984), al que pertenece el poema “Nada más”. De la madre ausente o, por mejor decir, arrebatada se ocupan asimismo numerosas piezas repartidas a lo largo de la vasta obra poética del autor, el más prolífico de la llamada Escuela de Barcelona.
A excepción de alguna dedicatoria explícita, José Agustín Goytisolo elude llamar a la madre por el nombre en sus poemas, como si la prohibición paterna no hubiera dejado nunca de estar vigente. Con nombre o sin él, la figura añorada de la madre comparece en unos y otros poemas, aludida, invocada, convertida en flor o estrella, presente como una obsesión, como una herida dolorosa incapaz de cicatrizar. Y en cierta forma la madre se prolonga en la hija del poeta, llamada igualmente Julia, a la que José Agustín Goytisolo dedicó un célebre poema no menos célebremente musicado por Paco Ibáñez.
El poema “Nada más” expresa sucintamente la referida tragedia y el desamparo ulterior del hijo huérfano, con una declaración de amor filial en su remate. En el primer verso, el poeta da a entender que cualquier minucia cotidiana (el viento en las hojas de un chopo, por ejemplo) le basta para renovar el recuerdo de lo ocurrido y, por consiguiente, la pena que no cesará de afligirlo mientras dure su vida. Hay una nota de apagada, de decaída oralidad en esta ristra de heptasílabos punteados por una rima asonante aguda, que da a la pieza un aire como de calma interrumpida a intervalos regulares por un golpe rotundo, seco, de tambor o por el de una puerta que se cierra de repente.
Y enseguida viene, sin salirnos de la primera estrofa, una alusión al infortunio, considerado desde la mirada infantil. El poema menciona el mes de marzo. No se trata de un marzo cualquiera, traído a colación para cumplir una función simbólica, sino del marzo fatídico de 1938, del cual tenemos noticia por constituir un dato relevante en la biografía del autor. Aquí se expresa el niño que se acaba de estrenar en el desvalimiento o el adulto no menos desvalido, encerrado en su particular prisión de tiempo parado; niño o adulto para quien la madre no murió, sino que se fue, se entiende que para siempre. Y aun este detalle lo pone el lector de su parte, pues en el poema no se habla en absoluto de una madre, palabra, como sabemos, prohibida por el viudo desconsolado a sus hijos.
La segunda estrofa presenta con un número reducido de palabras (todo es escueto en este poema) la alabanza tradicional al destinatario de la elegía. También aquí se mira de cerca a la difunta, perpetuada como ser vivo en el presente continuo de la evocación. Y de nuevo vemos al sujeto poético de regreso a la niñez, puesta su atención no en las prendas morales de la madre, a buen seguro inaccesibles para su entendimiento infantil, sino en unos pocos y gratos rasgos físicos: la sonrisa, el gesto, la claridad de los ojos. Es el semblante de la madre recobrado en el espacio del poema.
Así pues, la poesía proporcionaba a José Agustín Goytisolo un lugar donde volvía a tener madre. Ahora bien, en su caso evocar la figura materna supone al mismo tiempo afrontar las consecuencias de su pérdida, por lo que al momentáneo consuelo del recuerdo suceden rápidamente el dolor y acto seguido la indignación contra un régimen totalitario al que el poeta achacaba la muerte, por no decir el asesinato, de su madre y al que no cesó de oponerse con la fuerza de la palabra. Los “días de ira dolor y adversidad” (sin la coma preceptiva, conforme al criterio del poeta en materia de puntuación) son aquellos de la guerra civil cuyas secuelas negativas se prolongarían para él y para tanta gente por espacio de largas décadas.
La transformación de la madre en estrella constituye un acto de mitificación con unas derivaciones simbólicas evidentes. La estrella fulge en lo alto, en la oscuridad que colma tanto los dominios de la muerte como el mundo de los vivos expuestos a guerras, calamidades y desgracias de toda índole, y su brillo no se acaba nunca. Es una proyección del hijo huérfano que permite a este entregarse a un rito con solo levantar de noche la mirada, reencontrarse con la madre y vincularse a ella por la vía de ofrecerle unas palabras sencillas, francas, amorosas, sin mayores pretensiones. Y otra vez el golpe de tambor o el de una puerta cerrada bruscamente: nada más.
Lo que vivió el poeta y está en el origen de su poema le puede suceder a cualquiera. José Agustín Goytisolo afirmaba que él no escribía para transmitir sus emociones como quien se exhibe o se confiesa, sino para despertar emoción en los demás. En este punto, abrigo la sospecha paradójica de disentir y estar al mismo tiempo de acuerdo. Las emociones expresadas en el poema “Nada más” son privativas del poeta. Es fácilmente demostrable que están ligadas a su experiencia vital. Lo que a continuación hagamos los lectores con ellas y, en fin, con el contenido del poema es algo tan diverso e impredecible que el escritor no lo puede prefijar; pero, por otro lado, no es menos cierto que quienes nos asomamos al poema también tenemos o hemos tenido madre y sufrimos y añoramos y estamos, por descontado, hechos de la misma pasta humana que el poeta.
(Este artículo, perteneciente a la serie Vetas profundas, se publicó el pasado sábado día 3 de diciembre en el suplemento Territorios de El Correo.)

viernes, 21 de octubre de 2016

IRAZOKI, 62 MODELO PARA ABRAZAR



Esta foto nos la hizo Daniel Mordzinski en una galería del metro de París.


Hoy, 21 de octubre, lluvia y hojas amarillas, Irazoki cumple años. Sesenta y dos. Vive en París como París vive en él. Estoy por decir que la ciudad e Irazoki nacieron el uno para el otro. Ahí anda, pues. En repetidas ocasiones, la vida intentó doblarlo. A fuerza de arrearle palos hizo de él un hombre positivo. Luego, doblada ella, lo convirtió en una despensa de pequeñas felicidades.
Irazoki es telefónico. Estoy por decir que el teléfono fue inventado para él. Cuentan los que saben de estas cosas que en 1871 Antonio Meucci, visiblemente nervioso, preguntó si Irazoki ya había nacido. Le dijeron que no, que tranquilo, que tenía tiempo de perfeccionar su invento. Y lo mismo preguntó pocos años después Alexander Graham Bell. Irazoki subiría, en mangas de camisa si hace falta, a la cima del Everest si le dijeran que allí arriba hay un teléfono o un abrazo.
Es que, ahora que me acuerdo, Irazoki nació para abrazar. No tiene compasión. Viene, te abraza, te abraza/agarra, te abraza/estruja, y luego, al soltarte, pone cara de pena porque tu cercanía le impide llamarte por teléfono. Los pulpos celosos se retuercen de resentimiento en tales situaciones. Este hombre podría trabajar como exprimidor de naranjas. Ganaría una fortuna.
También es poeta. Es, sobre todo, poeta, además de excelente cocinero, y conoce a todos los poetas. Le mandan libros por toneladas. El cartero de su barrio seguramente no le dirige la palabra. Yo le pregunto: Y el poeta ese, ¿qué tal? Me cuenta con pormenor, cita títulos, describe estilos, apuntala con argumentos y datos biográficos. Irazoki es una capital de la poesía. La disfruta si ella se deja disfrutar y la reseña en El Cultural con idéntico ánimo. Lo mismo que la música, otra de sus pasiones, le gustan poemas de todos los tiempos y estilos. Lo que no le gusta es el fraude literario. Y me pongo por testigo para certificar que tiene un olfato infalible para descubrirlo. Te levanta unos versos herméticos y señala la etiqueta que hay debajo: made in Trampaland.
Una vez me llamó por teléfono estando yo fuera. Al volver a casa, mi mujer me dijo que había llamado mi marido. Tiene razón. Nos ve todo el día de palique aparato en mano. Hablamos de comas, de fútbol (dice que lo de Iniesta no es fútbol, es ballet), de recetas de cocina, de Félix Francisco Casanova, de la perspicacia de algunos, de la mala fe de otros y de los escritos mutuos. No publico una línea que no haya recibido su visto bueno y viceversa. Por esa vía él me ha salvado de cometer multitud de errores.
En fin, que el navarro este de caserío ha cumplido sesenta y dos tacos, y que esta noche voy a beber una copa de vino a su salud. Tengo contraída con Irazoki una deuda descomunal. ¿Cuál? No, bueno, no es nada, es sólo que gracias a él me ha sido dado conocer en este mundo nuestro tantas veces despiadado y atroz la experiencia de la amistad en grado de plenitud. Esto es lo que yo quería decir. Esto y lo del teléfono. Y lo de la poesía. Pero sobre todo esto.

miércoles, 28 de septiembre de 2016

60 AÑOS DE FÉLIX FRANCISCO CASANOVA




28 de septiembre. Ya hemos entrado en mañanas con rocío y por ahí cerca he visto las primeras hojas amarillas de los árboles. Félix Francisco Casanova habría cumplido hoy sesenta años. Murió con diecinueve. Su muerte temprana y las circunstancias nunca del todo aclaradas en que ocurrió han contribuido a la leyenda. Murió joven, era guapo, rebosaba de talento: puede decirse que reunía todos los ingredientes con los que suele crearse el mito. No tengo nada que objetar al respecto salvo que no me agradaría que dicha mitologización ocultase el extraordinario valor de su obra literaria: principalmente un puñado de poemas, no sé si enigmáticos, pero desde luego inquietantes, y El don de Vorace, la novela/antinovela de un hombre que desea morir a toda costa y no lo consigue.
"El don de Vorace" dedicado por el padre de Félix Francisco

También con Casanova me he hecho esas preguntas estúpidas que no tienen respuesta, las mismas que tantos otros, no sólo yo, se formularon pensando en Mozart, en García Lorca, en Miguel Hernández, en tantos genios desparecidos a edad temprana, aunque no tan temprana como la suya en el momento de aquel fatídico escape de gas de hace cuarenta años. ¿Qué habrían compuesto o escrito estos genios en el caso de haber vivido unas cuántas décadas más? ¿De qué obras magistrales nos privó su muerte prematura? Pienso en el difunto Félix Casanova de Ayala, el padre de Félix Francisco, que me escribía cartas a San Sebastián hace muchos años y me mandó los libros, editados en Canarias, de su hijo, cuya memoria cultivaba con afecto dolorido. Me cuesta poco creer que, de estar vivo, sentiría orgullo paternal viendo que la genial inventiva de su hijo está presente en las librerías, bien editada por Demipage; presente en la memoria literaria de muchos de nosotros y en las manos de nuevos lectores que la siguen descubriendo. Feliz cumpleaños, chaval. Cuánto me habría gustado conocerte.
Viejas ediciones de la obra de Félix Francisco Casanova que guardo como oro en paño