Páginas vistas en total

domingo, 7 de mayo de 2017

UN SONETO DE FRANCISCO DE ALDANA




LVII

El ímpetu crüel de mi destino
¡cómo me arroja miserablemente
de tierra en tierra, de una en otra gente,
cerrando a mi quietud siempre el camino!

¡Oh, si tras tanto mal, grave y contino,
roto su velo mísero y doliente,
el alma, con un vuelo diligente,
volviese a la región de donde vino!

Iríame por el cielo en compañía
del alma de algún caro y dulce amigo,
con quien hice común acá mi suerte.

¡Oh, qué montón de cosas le diría,
cuáles y cuántas, sin temer castigo
de fortuna, de amor, de tiempo y muerte!

Francisco de Aldana

ALMAS AMIGAS

Como Garcilaso de la Vega, que lo precedió en el tiempo, Francisco de Aldana (1537-1578) encarnó el ideal renacentista del hombre que consagra su vida a las armas y las letras. El ejercicio de las primeras acabó con él en la jornada desastrosa de Alcazarquivir, en el norte de África, donde combatió con mando sobre las tropas de infantería al servicio del rey de Portugal. Las letras han prolongado su nombre hasta nuestros días, si bien, como afirmaba Luis Cernuda y han afirmado otros, injustamente relegado a un segundo plano en la nómina de los grandes poetas españoles del Siglo de Oro. El reconocimiento de hombres célebres no le ha faltado. Sus contemporáneos lo llamaron el Divino. El mismo Miguel de Cervantes le profesó abierta admiración. Su Carta para Arias Montano bastaría para granjear a Aldana un hueco en la historia de la mejor literatura. En dicho hueco no debería faltar, a mi juicio, una selección de sus sonetos.
Siento desde antiguo debilidad por el poema que en las obras completas de Aldana (las que pudo recuperar su hermano Cosme) figura con el número LVII. ¿Por qué? Ni idea. Corre uno el riesgo de tratar de racionalizar la experiencia poética como si esta se pudiera reducir a un diagnóstico. La poesía no procede tan sólo de lo que dice el poema. La manera como repercute en nosotros, los lectores, depende, sí, de lo que puso el poeta en el poema y de cómo lo puso; pero depende asimismo de nosotros, de nuestros conocimientos y preferencias, de nuestro carácter y nuestra capacidad de captar imágenes y ritmos, y depende también, con toda seguridad, de algunos factores más de los que acaso no seamos conscientes.
El poema LVII está estructurado sobre la tradicional dualidad cuerpo/alma, tierra/cielo. Lo hace mediante una delimitación tan estricta de los campos que no puede uno por menos de evocar El entierro del Conde de Orgaz. En el cuadro de El Greco, pintor contemporáneo de Aldana, también encontramos un suelo donde se escenifican el dolor y la tragedia de la existencia humana, lo que correspondería a los dos cuartetos del poema, y un ámbito superior, libre de penalidades, presidido por Dios, al que acceden las almas (las que lo merezcan), lo cual vendría expresado por el poeta en los dos tercetos.
La impresión de cercanía entre uno y otro espacio se da de forma similar tanto en el cuadro como en el soneto. Se diría que con sólo estirar un brazo los de abajo podrían tocar las nubes que sostienen a la muchedumbre de santos. El soneto de Aldana es de hechura más rigurosa. Yo al menos percibo en él la repartición simétrica, el orden estricto, propios del militar que exige a sus versos parecida disciplina que a sus soldados.
En el primer cuarteto nos encontramos con el conflicto que causa pesar al yo poético. Un hombre ansioso de serenidad se ve una y otra vez arrastrado por las sacudidas del destino. Este movimiento frenético alude a las fatigas de la vida sin dejar de corresponderse con una inquietud y un malestar interiores. Puesto que no hay en el texto alusión alguna al oficio militar, no tenemos por qué partir de la idea de que el escritor profiere una queja fundada en los incordios causados por su destino particular; aunque, conocidos algunos pormenores de la biografía del poeta, cuesta creer que su angustia no estuviese relacionada con el constante ajetreo bélico: con las marchas, las batallas, el dolor, las derrotas, la pérdida de amigos en combate, las heridas propias. A mí se me figura que la queja del poeta es principalmente la del hombre cansado que, con visión neoplatónica, busca en la vida una esperanza de la cual la muerte es condición indispensable.
Por la misma época en que fray Luis de León postula el retiro horaciano, el apartamiento a un lugar ameno, con árboles y arroyos cristalinos, y sin el mundanal ruido de los congéneres, Francisco de Aldana no ve salida a tanto mal ni a tanta desazón dentro de la mísera existencia terrenal. Mientras se tenga cuerpo no hay nada que hacer. No cabe más reposo ni vida verdadera que la gloria eterna reservada a las almas.
No es poco mérito del poeta la expresividad con que traslada a versos de no difícil comprensión estas convicciones tan arraigadas en los hombres de su tiempo. Quizá por eso me ha gustado siempre este poeta, porque su estilo cincelado con maestría no incurre en la desmesura verbal ni en el exhibicionismo de dotes técnicas de los poetas barrocos posteriores. Oigo en este dolorido soneto LVII, parco en tropos, un eco que vuelve a sonar, salvando las debidas distancias, en algunos poemas desengañados de Luis Cernuda y en otros directamente angustiosos de Blas de Otero.
Hay, en efecto, desengaño en el deseo de que el alma vuelva a su región original, de la que acaso jamás debió salir. Aquí no alienta la aspiración fervorosa del místico, sino hartazgo del ajetreo, la inquietud y los padecimientos del hombre curtido en mil y una contiendas, de donde se deduce que para él la vida temporal equivale al infierno.
Y ya puestos a mudarse al reino celestial, ¿qué mejor opción ni más entrañable entretenimiento que pasear por las nubes de la gloria, a la manera de los santos de El entierro del Conde de Orgaz, acompañados del alma de un amigo? Los muertos sensibles de Quevedo los lleva Aldana a la gloria, y allí los pone a conversar y a contarse sus confidencias sin el temor de cometer los errores y pecados merecedores de castigo, sin los reveses de la fortuna, las penas derivadas de los amores contrariados, los estragos de la edad ni el horror a la muerte. En definitiva, sin la carga del cuerpo, sede e instrumento de tanto dolor y cárcel del alma, según propugnaba la idea platónica.
No sé otros lectores, pero yo aprecio en los tercetos del soneto LVII no tanto ironía como ternura y necesidad verdadera de afecto y descanso. Jorge Luis Borges soñaba el paraíso en la forma de una especie de biblioteca. La creencia musulmana imagina un edén con huríes hermosas y vírginales para solaz de los bienaventurados. Se conoce que cada cual se complace en encontrar más allá de la muerte una versión perfeccionada de lo que estimó en este valle de lágrimas. Que Francisco de Aldana se imaginase en la eternidad acompañado del alma de un buen amigo me despierta una rápida y fraternal simpatía.
(Este artículo, perteneciente a la serie Vetas profundas, se publicó el sábado 6 de mayo en el suplemento Territorios de El Correo.)

domingo, 30 de abril de 2017

LA ÚLTIMA NOVELA DE LUIS LANDERO




No sé a los demás, pero a mí la literatura me induce al cultivo de ciertos ritos. Todos ellos tienen una característica común. Son gozosos. Uno de los que mayor placer me causan es la lectura de los libros de Luis Landero conforme se van publicando. En pocas literaturas me siento tan rápida y plenamente a gusto como en la suya. Es como llegar a un sitio grato, donde a uno lo atienden de maravilla, donde los asientos son cómodos y la conversación provechosa y honda. Yo, de este hombre, leería cualquier cosa: la lista de la compra, una anotación circunstancial, lo que fuera.
Como compartimos editor, me suele llegar la noticia de la publicación de sus libros con holgada antelación. Lo mismo ocurrió con el último, La vida negociable, que considero unos de los mejores de una serie en la cual el libro más débil equivaldría a la obra cumbre de otros escritores. Su prosa de impecable cincelado, limpia de grasa retórica, con los ornamentos justos y bien puestos, es la estrella del equipo. Es que ya sabes desde el principio del partido literario que la novela, trate de lo que trate, no te va a decepcionar. Landero es uno de nuestros más dilectos usuarios del idioma. Y tiene ese punto afable, exacto, fluido en el trato escrito del idioma que hace sus libros tan cercanos, tan entrañables para el lector, sin la melaza estomagante del estilista a jornada completa.
Bien mirado, Landero es autor de una sola novela o, por mejor decir, de una historia ofrecida al lector en múltiples versiones y con distintos títulos. Es la novela de un pobre hombre, normalmente afincado en Madrid, que busca con afán su hueco en la vida y emprende a dicho fin una serie de acciones con no muy buenas cartas, aunque con firme voluntad, al menos al principio de cada uno de sus desvelos; también con no escasas dotes y cierta carga de ingenuidad. Al final, fracasa o medio fracasa y dice: hasta aquí y no más. Fin de la novela. A esto, en tiempos de Baroja, lo llamaban “la lucha por la vida”.
La vida negociable agrega a la serie una peculiaridad notable. Aquí el antihéroe, el pardillo emprendedor, el hombre que se empeña en prosperar en la vida y complacer así a sus progenitores, no descarta el ejercicio de la maldad. Aquí hay sangre y delitos, violencia y mentiras, rencor y celos, que llevan, eso sí, al resultado de costumbre: una suerte de acomodo o de resignacion final. Las reflexiones que acompañan a las reiteradas tentativas del protagonista-narrador, Hugo Bayo, son de primera categoría, sazonadas a cada instante con excelentes excursos, revueltas mentales y metáforas marca de la casa. Leo, la compañera de fortunas y adversidades de Hugo, la parte femenina de tantas vivencias compartidas, es el complemento adecuado que confiere profundidad al relato y es ocasión de diálogos extraordinarios y episodios raras veces apacibles, pero siempre amenos.
El remate de la novela me ha gustado asimismo un montón. Se trata de un desenlace más bien conciliador y un sí es no es triste, como de costumbre en las novelas de Landero, un novelista compasivo con sus personajes; y eso que en La vida negociable les ha endosado infortunios, enfermedades, descalabros, penas y tormentos a tutiplén.
Jorge Luis Borges menciona elogiosamente en un célebre poema a quienes agradecen que exista en la tierra la literatura de Stevenson. A mí me pasa lo mismo con la de Luis Landero.

lunes, 27 de marzo de 2017

LA NUEVA NOVELA DE OREJUDO, PILI



Lo de Pili es una broma cuya explicación está en el nuevo libro de Antonio Orejudo. He averiguado que dicho libro empezará a distribuirse el próximo 4 de abril. Como comparto editorial con el autor, ya he tenido la fortuna de leerlo. Lleva por título Los cinco y yo. Es y no es una novela. En cuanto empieza a parecerlo, ya no es y, en cuanto no es, empieza de nuevo a serlo y parecerlo. A ratos resulta evidente el espesor confesional del libro. Este contiene tramos de crónica de formación, del camino vital recorrido por aquel niño madrileño nacido en 1963 que acude a este colegio, que tiene este padre y esa madre y aquellos profesores, que se ejercita en la amistad con otros de su especie y condición, y en el sexo, y en la literatura, y conoce a Reig (Rafael), figura decisiva, y va y viene, haciéndose poco a poco, en la España que le tocó en suerte, el adulto en que finalmente se ha convertido, escritor para más señas, a mi juicio ya en grado pleno de madurez. Los cinco son una presencia antigua en las lecturas de mocedad del futuro novelista y profesor de universidad. Son Ana, Jorge, Tim, Dick y Julián, jóvenes protagonistas de las novelas de Enid Blyton y algo más: la proyección de los deseos del adolescente Toni (Orejudo) por vivir aventuras y peripecias en otros paisajes, en otros mundos de relaciones humanas, distintos de aquel suyo de finales del franquismo, desfavorable para el disfrute de la libertad. Con todo, Orejudo no sería Orejudo sin un punto de humor cruel, que en este libro está adecuadamente dosificado. Orejudo en su libro, Reig (ficcionalizado con mucho ingenio) en uno suyo titulado After five, imaginan la transformación en seres adultos de los cinco adolescentes de Enid Blyton. Asoman entonces segmentos de vidas torcidas, de drogas, codicia, inmoralidad, fraudes farmacológicos y lo que caiga, que no es poco ni apenas noble o ejemplar. Esta especie de ficción dentro de la ficción es un punto fuerte de Los cinco y yo. No es el único. En el libro hay páginas estupendas de reflexión junto al relato de peripecias amenas y a menudo tronchantes. Y, en general, un leve regusto de amargura, propio del hombre consciente de que los años lozanos quedaron atrás y de que la cosecha de sueños cumplidos ha sido, ¿cómo diría yo?, más bien escasa.

sábado, 21 de enero de 2017

SOBRE UNA NOVELA DE ISABEL BONO




Una casa en Bleturge es la primera novela publicada por Isabel Bono. Con ella ganó el Premio Café Gijón en su edición de 2016 y no me extraña. Relaciones familiares tóxicas y rencores larvados, a veces ostensibles, pueblan sus páginas, redactadas con la particular personalidad que aplica la autora  a todo cuanto escribe. Los personajes no tienen nombre. Son el padre, la madre, la hija, la hermana, el abuelo, además de hombres y mujeres sueltos que van por la calle, que viajan en autobús o compran en el supermercado. Buscan, si no la felicidad, algún tipo de acomodo en la vida. Es raro que lo consigan. Para ello haría falta un lugar imaginario como Bleturge, donde nadie hiciera preguntas, donde no hubiera que dar explicaciones y acaso el mundo tuviera la deferencia de adaptarse a los deseos de uno y no al revés. Los miembros de la familia de los protagonistas conviven; más bien coexisten y se soportan sin apenas rozarse, sin comprenderse, lo que tampoco parece alterar el ritmo cotidiano de sus vidas bastante grises. Sobre todos ellos pesa la sombra de un hijo muerto a edad temprana. El padre culpa de ello a la hija y la odia minuciosa y duraderamente. La madre es quien lleva el mayor peso de la narración. Su mirada introspectiva prevalece sobre todas las demás. Se trata de una mujer madura, encerrada en una insatisfactoria área doméstica, que cuida de su anciano padre, enfermo en un hospital. Ella es el alma de la novela, la que imagina la única casa que existe en Bleturge, y es, antes que nada, una narradora excepcional. Sus actos a menudo anómalos atraen sobre ella la sospecha de la locura. Lo que a algunos les pueda parecer chifladuras, para ella son hábitos que constituyen una especie de mitología personal. Su lucidez, a veces cruel, siempre deshinbida, se transmite a cada instante a la narración. Recuerdo con particular agrado el episodio en que de improviso se hace pasar por cliente de un hotel y entra en una habitación ajena, donde, aprovechando la ausencia del huésped, se ducha, usa el cepillo de dientes del hombre, se pasea desnuda, se expone al riesgo de ser sorprendida. Una casa en Bleturge es cualquier cosa menos una novela explícita. Tiene un poder de sugerencia notable. Roza a ratos la poesía a la manera como Isabel Bono concibe el género, nunca de modo convencional, sino con su inconfundible estilo escueto, sugerente, que no rehúye lo feo, sucio y mórbido, que con frecuencia da lugar a pensamientos hermosos y a frases afiladas que cortan el aliento. La novela de Isabel Bono me ha gustado mucho y por eso me he animado a publicar este comentario.