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jueves, 25 de agosto de 2016

"PATRIA", MI PRÓXIMA NOVELA, ESTÁ AL CAER




Va faltando menos para que llegue a las librerías mi nueva novela, titulada Patria. Según noticias de la editorial (Tusquets Editores), esto deberá ocurrir el próximo día 6 de septiembre. La novela ya ha pasado por las manos de algún crítico, de libreros y de gente cercana a la literatura. Por los comentarios y las preguntas que recibo, noto que el enfoque político, sin duda innegable, prevalece en el interés de estos primeros lectores sobre otros aspectos a mi juicio no menos relevantes de la historia que narré. Y más que historia, acaso debería hablar de conjunto de historias surgidas de la no siempre fácil convivencia entre nueve protagonistas.
Siempre me da un no se qué hablar de mis obras en las entrevistas, y desgranar intenciones y objetivos y dar mi interpretación de lo que no he leído como un lector al uso, como yo mismo cuando leo los libros ajenos. Siento en tales ocasiones que soy injusto, incluso mezquino, con mis obras y que las simplifico, en parte porque, para cuando se publican, ya las tengo borradas del primer plano de la memoria; en parte, también, por torpeza mental.
Patria entra de lleno en el asunto del terrorismo de ETA. Lo hace desde perspectivas y sensibilidades diversas, entre las cuales no faltan, claro está, las de las víctimas ni las de los victimarios. Pero contiene asimismo un sinfín de episodios de vida familiar, de amores y desamores, de felicidades e infortunios, de viajes y enfermedades, de sueños y decepciones, y de cualesquiera vivencias que puede conocer cualquiera, si bien en una época y un espacio determinados por la violencia terrorista.
Tengo la incómoda sensación de que con este anuncio incurro en el abuso de prefijar la lectura de los posibles lectores. No es mi intención. Confieso que, con el propósito de dar el texto sin aditivos políticos, morales ni de ningún otro tipo, me abstuve de anteponerle una cita, un prólogo, una dedicatoria. Saldrá, pues, sin mis huellas dactilares, aunque con un glosario al final del libro donde se aclaran, para quien lo necesite, los términos del euskera usados en la novela. Abrigo el convencimiento de que mis obras literarias, desde el mismo instante en que las entrego al editor, han dejado de pertenecerme. No digamos cuando llegan a manos de quienes las van a sufrir o gozar. Me callo, pues. Y que cada cual juzgue mi trabajo como crea conveniente.

martes, 16 de agosto de 2016

SOBRE UNA ESTUPENDA BIOGRAFÍA DE THOMAS BERNHARD




Ya existían de antes algunas biografías de Thomas Bernhard. En lengua española, sin ir más lejos, una tirando a breve de Miguel Sáenz, traductor asimismo del escritor austriaco. Verse calificado de austriaco cabrearía sin duda a Thomas Bernhard; pero, en fin, ya murió. No puede defenderse.
Recuerdo la noticia de su fallecimiento en 1989. Días antes, Bernhard acababa de cumplir 58 años, edad que pronto será la mía. Nunca gozó de buena salud. Los pulmones, principalmente, le hicieron sufrir. Yo volvía a última hora de una tarde invernal, en coche, de un pueblo de Westfalia donde ejercía de docente. La niebla, sobre la carretera, no dejaba ver ni de aquí ahí. Llevaba la radio encendida. La muerte de Bernhard abría las noticias de última hora. En estos países de Centroeuropa los escritores aún merecen cierta atención.
Bernhard fue uno de los primeros autores que leí en su versión original alemana, por los días (años ochenta) en que yo sostenía durante más tiempo el diccionario entre las manos que el libro que estuviera leyendo a la sazón. Pero los libros de Bernhard son cortos y no difíciles de descifrar, aunque luego pueda uno entretenerse adentrándose en intrincados laberintos interpretativos. Lo primero que leí de él fue una obra de teatro: Una fiesta para Boris. Me inspiró otra que inserté en mi novela Fuegos con limón.
El año pasado se publicó en Alemania una exhaustiva biografía de Thomas Bernhard. Su autor es Manfred Mittermayer, de quien no tengo el gusto, lo que no me impide reconocer que ha hecho un trabajo extraordinario. Ignoro si hay voluntad de traducir su libro a la lengua española. Los aficionados españoles a la literatura de Bernhard lo agradecerían. Ignoro si son muchos o pocos. Me  consta que hay unos cuantos.
Pues ahí está todo. La infancia sin padre, la madre fría, los abuelos acogedores, la guerra, el fracaso escolar y, pronto, la dolencia pulmonar con tratamientos largos, dolorosos y aisladores. Un día se enfadó porque alguien escribió en la prensa que había tenido una infancia infortunada. Lo negó públicamente. Tiempo después él mismo describió dicha infancia en un tomito autobiográfico. Una infancia, en efecto, infortunada, sólo que Bernhard no quería que lo revelasen los demás. Lo quería revelar él mismo.
Fue un hombre de trato difícil. Uno de los grandes negativos que ha dado Europa. En privado, practicó no obstante la felicidad. Viajaba con frecuencia, transformó una vieja granja en una especie de paraíso vacío y blanco, se dejó madrear por una mujer mucho mayor que él que lo mantenía, le costeaba los viajes y los trajes. Tuvo amigos, no muchos; casi todos ajenos a la literatura. Trajo a su editor, Sigfried Unseld, por la calle de la amargura. Unseld lo conllevaba con heroica paciencia, le mandaba dinero, le profesaba una admiración sin límite. De todo esto y de mucho más (los escándalos, las polémicas, las novelas y las piezas de teatro, su odio feroz a Austria, su horror al sexo) habla con pormenor esta biografía de Mittermayer cuya publicación en lengua española recomiendo encarecidamente, si es que a estas horas un editor con buen gusto y buen ojo no se ha puesto ya a la tarea.

domingo, 7 de agosto de 2016

SOBRE UN POEMA DE AMOR DE PABLO NERUDA


Pablo Neruda y Matilde Urrutia


8 DE SEPTIEMBRE

Hoy, este día fue una copa plena,
hoy, este día fue la inmensa ola,
hoy, fue toda la tierra.

Hoy el mar tempestuoso
nos levantó en un beso
tan alto que temblamos
a la luz de un relámpago
y, atados, descendimos
a sumergirnos sin desenlazarnos.

Hoy nuestros cuerpos se hicieron extensos,
crecieron hasta el límite del mundo
y rodaron fundiéndose
en una sola gota
de cera o meteoro.

Entre tú y yo se abrió una nueva puerta
y alguien, sin rostro aún,
allí nos esperaba.

Pablo Neruda

La dicha de hoy

Un poeta, unido a una mujer por lazos matrimoniales, se enamora de otra. Con la idea de no afligir a la primera, de no exponerse tal vez a la ira y los reproches de ella, decide mantener en secreto su relación con la segunda. Historias de este tipo suceden a diario. Y, por supuesto, las protagonizan personas de cualquier oficio. Lo particular del poeta sería que la aventura amorosa le inspirase poemas y que estos, transcurrido un tiempo, integraran un libro capaz de trascender la esfera de lo privado.
Tal fue el caso de Pablo Neruda (1904-1973) por los días en que se hallaba en proceso de separación matrimonial. El nuevo objeto de su amor y de sus poemas se llama Matilde Urrutia. El libro, Los versos del Capitán, fue publicado de forma anónima el año 1952 en Italia, con una tirada de 44 ejemplares para suscriptores. Una década más tarde, libre de la atadura conyugal, Neruda volvió a publicarlo, ahora ya con su nombre, conservando la introducción apócrifa debida, como hoy sabemos, a Matilde Urrutia.
A la primera de sus cinco secciones, la titulada “El amor”, pertenece el poema “8 de septiembre”. La fecha fija un episodio de la vida de los amantes, no sabemos cuál. Resulta obvia la naturaleza celebratoria de la composición. Un 8 de septiembre debió de ocurrir un capítulo digno de recuerdo para el varón y la mujer enamorados. No obstante, el poema se entiende sin dificultad aunque ignoremos el acontecimiento sin duda dichoso que lo suscitó.
Para el lector, el título del poema es significativo por otra causa. La fecha concreta sugiere que el sujeto lírico concibe la pasión amorosa dentro de los límites físicos del espacio y el tiempo, y no como culminación de una vivencia interior, abstracta, espiritual. Su realidad no es, pues, la de un mundo impalpable. Para Neruda, el amor es antes de nada un acontecimiento terrenal en el que los amantes intervienen con sus manos, sus pies, sus cabellos; en suma, con todo su cuerpo rodeado de los elementos de la naturaleza y de los objetos cotidianos, en circunstancias determinadas, en momentos precisos; por tanto, fechables.
El lance gozoso ha ocurrido hoy, aquí, entre dos seres concordes en la emoción y en la entrega erótica. Considerada desde la perspectiva del poeta, la experiencia amorosa constituye, además, una ocasión pintiparada para consumar la poesía, dentro de la cual la referida experiencia se prolonga, se agranda, cobra por medio de su conversión en lenguaje poético una nueva intensidad, quizá su definitiva grandeza. Es esta una característica constante en la obra de Pablo Neruda. Lo mismo si presta atención literaria a asuntos políticos o a minucias cotidianas, ya cante lo general o lo privado, Neruda jamás se priva de jugar la baza poética. Se dijera que la poesía es su convencimiento mayor, la condición necesaria para que en la existencia de un hombre se sucedan los instantes de plenitud.
En el poema "8 de septiembre", al igual que en tantos otros del autor, comprobamos que el objeto de su canto (en este caso el amor correspondido) no se revela en el sujeto lírico como un accidente de su intimidad. El amor así concebido no equivale a un estado psicológico particular. No es sentimiento ni vida interior. Antes al contrario, por medio del amor el amante sale de sí y, al despojarse de su contorno individual, se vierte en el mundo, que es donde de veras repercute su experiencia.
Es gracias a los componentes de la realidad externa al hombre como el poeta logra expresar la fuerza y hondura de su amor. Entendemos entonces que el hecho afortunado, de naturaleza erótica, que motivó el poema se traduzca en variaciones de la materia: en una copa llena, en una ola inmensa, en toda la tierra. De este modo, lo propio del amor es dar forma al mundo; de paso, ponerlo en movimiento e intervenir en él convirtiéndolo en el escenario de una vivencia y en el lenguaje capaz de expresarla. Ni siquiera por esa senda se libra la poesía de una indispensable dosis de idealismo. No hay Dios, mística ni sacralidad en esta poesía; pero sí la tierra toda y poderosos fenómenos naturales, lo cual comporta asimismo una suerte de elevación, aunque dentro de las lindes de la vida corpórea.
Por efecto de la experiencia amorosa, los amantes son transportados a una realidad material superior a ellos, se hacen extensión, acceden a una magnitud universal del ser equivalente a una fusión titánica con todo lo existente, ya sea lo pequeño (una gota de cera) o lo inmensurable (el firmamento, representado en esta pieza por un meteoro). La pasión física se proyecta en fenómenos intensos de la naturaleza. Y así, el beso ocurre en medio de un mar tempestuoso, si no es que consiste propiamente en dicha tempestad que levanta a los amantes hasta el mismo estallido del relámpago, mientras que el acoplamiento de los cuerpos traslada a estos al interior de la inmensidad marina.
Se trata a todas luces de una concepción poética del amor. La dicha amorosa lo es tanto por la consumación del acto carnal y del acuerdo de los implicados en el afecto como por la plasmación posterior de todo ello en poemas. El amor, aparte de lo que pueda representar en el plano privado de quienes lo profesan, es ocasión de crear imágenes, de componer versos; de gestar, en definitiva, la poesía.
Como el funámbulo en la cuerda, el poeta avanza sin red sobre un abismo de retórica, con sus consabidos tonos grandilocuentes y sus rasgos hiperbólicos, en los que Neruda incurrió con harta frecuencia. No así cuando acertaba, como ocurre a mi juicio en este “8 de septiembre”, en cuyas estrofas el impulso sincero del amor correspondido favoreció la idónea sencillez de la escritura, confiriendo a las imágenes un grato regusto de palabra vivida, conforme con el fondo emocional de quien se expresa.
El desenlace del poema coloca a los amantes ante una puerta. Tras ella los espera alguien sin rostro. La circunstancia de que quien espera allí carezca de una identidad facial, de que quizá no se haya iniciado aún como ser, induce a pensar en la contingencia del hijo futuro. También, por qué no, al menos desde el punto de vista del escritor, en la posibilidad de la obra en cierne. Así las cosas, todo indica que tras la puerta espera un fruto incipiente, un resultado positivo, la consecuencia o premio del amor. Atañe a los lectores desvelar la incógnita como juzguen oportuno.
(Este artículo, perteneciente a la serie Vetas profundas, se publicó el pasado sábado 6 de agosto en el suplemento Territorios de El Correo.)