Páginas vistas en total

domingo, 8 de enero de 2017

A PROPÓSITO DE UN POEMA DE IDEA VILARIÑO




EL AMOR

Amor amor
jamás te apresaré
ya no sabré cómo eras.
No habré vivido un día
una noche de amor
una mañana
no conocí jamás
no tuve a nadie
nunca nadie se dio
nada fue mío
ni me borró del mundo con su soplo.
Lo que hubo fue dolor
lo solo que hubo
que fue colmado atestiguó fue cierto
pero dónde quedó
qué consta ahora.
Hoy el único rastro es un pañuelo
que alguien guarda olvidado
un pañuelo con sangre semen lágrimas
que se ha vuelto amarillo.
Eso es todo. El amor
dónde estuvo
cómo era
por qué entre tantas noches no hubo nunca
una noche un amor
un amor
una noche de amor
una palabra.

Idea Vilariño

Lo solo que hubo

La participación en la Feria del Libro de Valladolid de 2016 me deparó la oportunidad de compartir cena con unos pocos escritores. Entre ellos se encontraba uno al que guardo aprecio desde mi más temprana juventud y con quien nunca antes había hablado. Me refiero al poeta Francisco Brines. Durante la velada, saltando de un tema a otro, asomó a la conversación la figura de Vicente Aleixandre, de quien Brines fue amigo personal. “Vicente”, dijo, “era un hombre que necesitaba amar a todas horas.” No tuve la impresión de que la frase hubiera sido concebida como rasgo de ingenio, vicio no infrecuente en este tipo de reuniones; antes al contrario, como una caracterización sincera del aludido.
Meses más tarde, la memoria me hizo de nuevo presente aquella afirmación de Brines a propósito de Vicente Aleixandre. Sucedió mientras leía los versos de Idea Vilariño (Montevideo, 1920-2009). Yo había constatado que la necesidad de dar y recibir amor es un asunto primordial en numerosos poemas de esta escritora. Acaso no esté de más agregar que la pasión amorosa constituye la columna vertebral de su no muy extensa obra poética. Y ello sin olvidar que, a partir de los años sesenta del siglo XX, el activismo político ocupa una parte notable de dicha obra, a mi juicio la de interés literario menor.
Poemas de amor es uno de los títulos más sobresalientes de Idea Vilariño. Su primera edición data de 1957. El libro se inicia con una dedicatoria escueta dirigida al novelista Juan Carlos Onetti, el hombre al que ella por lo visto más amó y detestó (ambas pulsiones a menudo simultáneas) y el que más la hizo sufrir. Por los biógrafos de la poeta sabemos que Poemas de amor reúne los posos de aquella relación tormentosa en la que iban y venían sin cesar las rachas de aborrecimiento, atracción apasionada y afecto. Al parecer, algunos poemas se inspiran en episodios eróticos de la escritora con otros varones. No deja de ser significativo que “El amor”, poema que clausura el libro, contenga una negación amarga de lo anunciado en su título. Idea Vilariño declaró en su día que este libro había representado para ella una forma “de exhibir su corazón deshecho”.
Se advierte con facilidad que este amor del que nos habla la poeta no tiene naturaleza conceptual. Es, se mire por donde se mire, amor tangible de hombre y mujer, amor vivido y no idealizado. Es compañía y sudor. Se trata sobre todo de una experiencia fallida que da lugar a una frustración dolorosa. El sujeto lírico deseaba consumar a toda costa su propósito amoroso, comprometió su ilusión y su energía en el intento, asumió penalidades asociadas a lances de convivencia, entregó la mente y el cuerpo, y fracasó. Se revela entonces sin tapujos que el amor fue el nombre de una vivencia tan intensa como destructiva, y que lo que en principio debió consistir en gozo y plenitud y realización personal no fue sino una fuente de sufrimiento que ni siquiera se amortigua con los años. De este modo, el fracaso amoroso equivale a un fracaso existencial y sobre este firme cimiento de desolación construye Idea Vilariño su poesía.
El poema se abre con una invocación. Me inclino a pensar que amor es aquí un nombre hipocorístico y que, por tanto, tras la designación cariñosa se esconde una persona más que un sentimiento. Los tres versos iniciales establecen una convicción con aire de despedida definitiva; la convicción de que el amor y, con él la persona que lo suscitaba, le estuvo y le estará por siempre vedado al sujeto lírico. Acto seguido, el poema se torna monólogo dolorido, desarrollado, como es habitual en la poesía de Idea Vilariño, en tono conversacional. Se dijera que el poema es la transcripción literal de unas palabras dichas a solas en voz alta.
 “El amor” habría sido con toda seguridad una tentativa poética fallida si para comunicar su desgarradura la poeta hubiera elegido una forma rebuscada o grandilocuente. Como se ve, la adjetivación del poema es mínima. La dicción está limpia de los artificios habituales del género. La expresión nos llega sin adornos superfluos y sin la vanidad de un estilo que antepusiera la brillantez a la claridad. Todo suena a cosa verdaderamente sentida antes de haber sido incorporada al poema. Las palabras no han sido elegidas por su sonoridad o por su prestigio poético, sino por necesidades comunicativas en combinación con un ritmo como de parlamento dramático y con el alto grado emocional del texto. Y no me parece baladí señalar que en los versos vibra la voz de una mujer que trata del amor, no desde la perspectiva tradicional, pasiva, de la musa objeto de requiebros, halagada por el galán con el fin de seducirla, sino desde una actitud activa y libre, o, como bien dice la profesora Rosario Peyrou, “en igualdad de condiciones con el otro”.
Más allá del placer sensual, pasajero, lo que la poeta parecía anhelar por medio de la vivencia amorosa era ser borrada del mundo, donde están la vejez y la muerte; pero, por desgracia para ella, esta es una tarea de dos y es la unidad indispensable con la otra parte lo que siempre le ha fallado. De ahí que en “El amor”, como en tantos poemas de Idea Vilariño, se adopte un aire de desavenencia conyugal, de soledad de amante abandonado, incluso de ajuste de cuentas, por más que los fines últimos de la unión amorosa sean otros que los de la felicidad de la pareja en un paisaje cotidiano o, por mejor decir, sean también otros.
Pero ya el poema nos dice que todo ha pasado. Lo que hubo no fue nada hermoso ni perdurable que merezca un espacio grato en la memoria, apenas unos restos secos de fluidos corporales en un pañuelo, segregados ¿con quién y para qué? Qué más da. Dolor y soledad son la consecuencia, así como la sombría conclusión de que entre el nacimiento y la muerte no hay cosa digna de satisfacer una existencia humana.
Y, sin embargo, la infelicidad y la queja no implican en el poema rechazo de la vida. Esta circunstancia revela a mi juicio la singular grandeza de la escritora y, por consiguiente, de su poesía. No se aprecia en Idea Vilariño rencor nihilista por el hecho de que su empeño máximo no hubiese conducido a la culminación apetecida. Hay, sí, pena expresada con palabras henchidas de humanidad. Palabras que añoran aquella otra, nombradora de lo que el sujeto lírico tan afanosamente buscó, la que no fue pronunciada en los momentos en que más necesidad había de ella.
(Este artículo, perteneciente a la serie Vetas profundas, se publicó el pasado sábado 7 de enero en el suplemento Territorios de El Correo.)

sábado, 7 de enero de 2017

RICARDO PIGLIA Y LA LUNA



Hace unos años coincidí con Ricardo Piglia en Barcelona, en los estudios de una cadena de televisión. Lo acababa de entrevistar Ignacio Vidal-Folch. Tras él, me tocaba a mí tomar asiento ante las cámaras. En aquel breve entreacto pudimos intecambiar una pocas palabras de circunstancias. Piglia, que seguramente no me conocía, tuvo la gentileza de responderme por escrito, de pie junto a una pequeña mesa, a una tarjeta con la pregunta sobre la luna. Hoy su frase improvisada figura en mi particular banco caligráfico de escritores con el número 177. Ricardo Piglia falleció ayer en Buenos Aires, a los setenta y seis años, aquejado de una grave enfermedad. Quedan por fortuna sus libros, en los que él puso tanta sabiduría como amor por la literatura. Reproduzco a continuación, a modo de homenaje, esta breve muestra de su letra.


jueves, 15 de diciembre de 2016

Gregor Samsa, humano hasta el final



Ilustración de Björn Barends

En el curso de una conversación, Milan Kundera le preguntó a su interlocutor si había leído a Kafka en alemán. Este respondió que no y Kundera, categórico, le dijo: “Entonces usted no ha leído a Kafka.”
A mí se me figura que, en el caso concreto del escritor aludido, el problema no radica tanto en lo que por fuerza se pierde en una versión traducida como en lo que en ocasiones los traductores añaden por su cuenta. En diversas lenguas europeas, a Gregor Samsa se le ha hecho protagonizar una narración titulada La metamorfosis. Pongo en duda la casualidad. Barrunto un desafuero inicial seguido de una ristra de traductores dados a la imitación.
Juraría que el título apócrifo habría disgustado a Kafka. La razón es que lo obliga a incurrir en un sobrepeso de literatura. Como todas las de su autor, la historia de Gregor Samsa, literalmente La transformación, está limpia de citas, símiles, juegos de palabras, hipérboles, neologismos y cualesquiera ornamentos y tropos encaminados a compensar las presuntas insuficiencias del lenguaje humano o a llevarlo más allá de su último límite comunicativo. Tanto como en Gustave Flaubert hay que buscar en Kafka la palabra justa, la idónea e imprescindible para decir con precisión el mundo.
La lectura del original depara otra sorpresa además de la del título. Ya en la primera frase averiguamos que Samsa no amanece convertido en un insecto como nos habían dicho. El término usado por Kafka es Ungeziefer, por tanto un bicho repulsivo, feo, dañino. Una pulga, una cucaracha o una chinche pertenecerían a esta categoría; pero también, según el diccionario Duden, algunas clases de arácnidos, e incluso ratas y ratones. Lo determinante, en cualquier caso, es que la transformación de Samsa constituye una degradación.
Este hecho condiciona todo el relato, cuya clave se concreta en las dos frases con las que se abre el párrafo segundo. La primera dice: “¿Qué me ha pasado?, pensó.” Ahora ya sabemos que la transformación de Samsa afecta sólo a la envoltura corporal. Por dentro, él sigue siendo un ser humano que posee conciencia, comprende lo que le ha ocurrido, reconoce a sus familiares, reflexiona, recuerda y es capaz de sentir afectos propios de las personas. La segunda frase es asimismo fundamental: “No era un sueño.” Por consiguiente, su vivencia completa desde el momento en que, por razones que ignoramos, se despierta convertido en un bicho monstruoso hasta que muere cubierto de polvo y con una manzana incrustada en el caparazón, sucede en su mundo real de todos los días.
En un primer momento, aún no perdida del todo la facultad del habla, al bicho pensante le causa angustia la posibilidad de perder el tren de las siete y llegar tarde a la oficina. Tan fuerte sentido de la responsabilidad tiene que ver con la circunstancia de que su trabajo es la fuente de sustento de sus padres y su hermana; pero también con un rasgo primordial de su carácter: la sumisión. Samsa es un hombre temeroso del jefe. Jamás, ni siquiera convertido en bicho, osaría cuestionar su autoridad ni las normas por las cuales se rige su vida laboral. Y aun se diría que su transformación degradante es una especie de somatización en grado máximo del servilismo del protagonista.
Para los padres y la hermana, el bicho continúa siendo Gregor. Corrobora esta convicción el tamaño del animal. Aunque el texto no lo especifica (salvo, tal vez, en el calificativo de monstruoso), se deduce que dicho tamaño es enorme en comparación con lo que abulta un animal de la misma especie. De otro modo no se entendería que Samsa, luego de su transformación, pudiera alcanzar con la boca el picaporte, asomarse a la ventana o concebir el deseo al parecer factible de besar a su hermana en el cuello.
Justo ella, Grete, encargada de su alimentación, es quien tras largos meses de incomodidades y problemas cifra la desgracia familiar en el error de haber admitido que el bicho era Gregor y había que tratarlo, hasta donde fuera posible y sin contacto físico, como a miembro de la familia. Pero ya basta. Grete le niega ahora la humanidad y el nombre, y sugiere que ha llegado la hora de deshacerse del monstruo repugnante. Si este fuera Gregor, se habría percatado del infortunio que su presencia supone para la familia y se habría marchado de forma voluntaria.
El veredicto de Grete establece un dilema letal. Si el bicho es Gregor, entonces Gregor, culpable de no haberse sacrificado, no merece las atenciones que garantizan su supervivencia; si no lo es, urge su eliminación. Escuchado y entendido el razonamiento de su hermana, el sentenciado se retira a su cuarto. Tiene por el trayecto el mayor rasgo humano desde que le sobreviniese la transformación. El narrador omnisciente nos cuenta que Gregor pensó con emoción y amor en su familia. Es la despedida de los seres queridos que lo observan en silencio. Al día siguiente, la criada encontrará a Samsa muerto. Algún lector tal vez constate entonces que llevaba obra de cincuenta páginas compadeciéndose de un bicho monstruoso o al menos del hombre clarividente y sensible aprisionado dentro del caparazón.
(Esta reflexión, perteneciente a la serie Fibras y confabulaciones, se publicó el sábado, día 10 de diciembre, en el suplemento Babelia de El País.)

viernes, 21 de octubre de 2016

IRAZOKI, 62 MODELO PARA ABRAZAR



Esta foto nos la hizo Daniel Mordzinski en una galería del metro de París.


Hoy, 21 de octubre, lluvia y hojas amarillas, Irazoki cumple años. Sesenta y dos. Vive en París como París vive en él. Estoy por decir que la ciudad e Irazoki nacieron el uno para el otro. Ahí anda, pues. En repetidas ocasiones, la vida intentó doblarlo. A fuerza de arrearle palos hizo de él un hombre positivo. Luego, doblada ella, lo convirtió en una despensa de pequeñas felicidades.
Irazoki es telefónico. Estoy por decir que el teléfono fue inventado para él. Cuentan los que saben de estas cosas que en 1871 Antonio Meucci, visiblemente nervioso, preguntó si Irazoki ya había nacido. Le dijeron que no, que tranquilo, que tenía tiempo de perfeccionar su invento. Y lo mismo preguntó pocos años después Alexander Graham Bell. Irazoki subiría, en mangas de camisa si hace falta, a la cima del Everest si le dijeran que allí arriba hay un teléfono o un abrazo.
Es que, ahora que me acuerdo, Irazoki nació para abrazar. No tiene compasión. Viene, te abraza, te abraza/agarra, te abraza/estruja, y luego, al soltarte, pone cara de pena porque tu cercanía le impide llamarte por teléfono. Los pulpos celosos se retuercen de resentimiento en tales situaciones. Este hombre podría trabajar como exprimidor de naranjas. Ganaría una fortuna.
También es poeta. Es, sobre todo, poeta, además de excelente cocinero, y conoce a todos los poetas. Le mandan libros por toneladas. El cartero de su barrio seguramente no le dirige la palabra. Yo le pregunto: Y el poeta ese, ¿qué tal? Me cuenta con pormenor, cita títulos, describe estilos, apuntala con argumentos y datos biográficos. Irazoki es una capital de la poesía. La disfruta si ella se deja disfrutar y la reseña en El Cultural con idéntico ánimo. Lo mismo que la música, otra de sus pasiones, le gustan poemas de todos los tiempos y estilos. Lo que no le gusta es el fraude literario. Y me pongo por testigo para certificar que tiene un olfato infalible para descubrirlo. Te levanta unos versos herméticos y señala la etiqueta que hay debajo: made in Trampaland.
Una vez me llamó por teléfono estando yo fuera. Al volver a casa, mi mujer me dijo que había llamado mi marido. Tiene razón. Nos ve todo el día de palique aparato en mano. Hablamos de comas, de fútbol (dice que lo de Iniesta no es fútbol, es ballet), de recetas de cocina, de Félix Francisco Casanova, de la perspicacia de algunos, de la mala fe de otros y de los escritos mutuos. No publico una línea que no haya recibido su visto bueno y viceversa. Por esa vía él me ha salvado de cometer multitud de errores.
En fin, que el navarro este de caserío ha cumplido sesenta y dos tacos, y que esta noche voy a beber una copa de vino a su salud. Tengo contraída con Irazoki una deuda descomunal. ¿Cuál? No, bueno, no es nada, es sólo que gracias a él me ha sido dado conocer en este mundo nuestro tantas veces despiadado y atroz la experiencia de la amistad en grado de plenitud. Esto es lo que yo quería decir. Esto y lo del teléfono. Y lo de la poesía. Pero sobre todo esto.