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domingo, 4 de septiembre de 2016

LÍNEAS REFLEXIVAS SOBRE UN POEMA DE ISABEL BONO




echo de menos ser inmortal

se acabó la prisa
quedan las hojas secas y el mantel puesto
la cama sin hacer y las horas insomnes

se acabaron las canciones
se acabó esa música que movía ciertas estrellas
quedan ciertos días de sol, atrincherados
como la fe dormida de un niño

se acabaron las ganas de correr hacia los charcos
no quedan pájaros ni frutos en las ramas
la huella de un pie desnudo
sobre las baldosas

todo se pierde
todo se gasta

todo se gasta

Isabel Bono


Fragmentos de un mundo personal

Sería poco razonable y nada salubre que, para despejar dudas sobre la calidad de un vino, el catador hubiera de beberse la barrica entera. A nuestras papilas gustativas, aunque no estén en la boca de un enólogo, les basta un sorbo para comunicarnos si merece la pena beber más del líquido que hemos probado. Algo similar, con literatura en vez de con vino, me aconteció hace unos años tras conocer una breve muestra del genio poético de Isabel Bono (Málaga, 1964), de quien hasta entonces no había oído hablar. Lo que golpeó con fuerza mi atención fue que en aquel puñado de palabras se manifestaba una personalidad creativa inusual. Huelga decir que al punto me tomó el deseo ferviente de saborear hasta la última gota de la barrica.
Hay poetas que consuman la poesía mediante el esfuerzo de la escritura. Eslabonan imágenes con buen criterio, cuentan sílabas, desarrollan un discurso articulado, tienen sentido del ritmo, se nota que conocen la tradición literaria. A la esmerada labor de escritorio, sustentada en una vasta cultura, le debemos poemas extraordinarios. Pero la poesía no es una cumbre a la que sólo se llegue por una ladera. Isabel Bono tiene su rumbo propio, que no es principalmente el del oficio aprendido a fuerza de dedicación, sino el de una mitología íntima, un universo personal de objetos, fantasías y vivencias que ella va sacando a la luz de forma fragmentaria.
Es la suya una poesía surgida de un determinado dinamismo de la conciencia. De ahí su aire monologal y espontáneo. No es tanto una poesía que se proponga una reflexión sobre los sucesos del mundo como un vertido incesante de experiencia interior. El resultado son poemas o textos con aspecto de poemas, pero también fotografías, imágenes oníricas, frases sueltas, epigramas, entradas de blog; en fin, un conjunto de actividades que dan idea del enorme poder creativo de la autora.
Me cuesta imaginar a Isabel Bono empleando sus horas en la escritura de sonetos o tratando de comprimir eso que he llamado mitología íntima en artefactos de literatura convencional. Sus obras no son tentativas de modular un lenguaje poético. Ese lenguaje ya acude hecho al movimiento de la mano. Se dijera que la poesía precede en el caso de Isabel Bono a la obra. La poesía está dentro de la mujer que traza en la página, con música propia, con singular laconismo y sin letras mayúsculas ni apenas signos de puntuación, unas líneas similares a versos, como desprendidas de un incesante diario imaginativo.
El paisaje interior de la poeta es todo lo contrario de idílico. Algo está amenazando su equilibrio a cada instante; algo se ha roto en él y supura. Traten de lo que traten los poemas de Isabel Bono, la herida persiste nunca del todo explícita. Y aun se diría que no es la poeta la que expresa su herida, sino esta la que expresa a la poeta. Conjeturas aparte, hay como un núcleo de dolor, un problema grave, un elemento perturbador, alrededor de los cuales, sin exclamaciones, sin notas patéticas, giran las piezas literarias de esta escritora, confiriéndoles una hondura particular.
Lo comprobamos en esta composición tan característica de Isabel Bono, titulada “echo de menos ser inmortal”. Forma parte de un libro, Me muero, inédito en el momento en que redacto estas líneas. No está, pues, descartado que la autora modifique algún día el poema o incluso decida eliminarlo. Como en tantos otros suyos, no nos topamos con una sola línea que se resista a nuestra comprensión. No se puede afirmar lo mismo del conjunto, aunque estamos, eso sí, lejos de hallarnos en presencia de un texto hermético. Es sorprendente que una suma de claridades produzca sombra.
El título del poema sugiere la existencia de una época en que el sujeto poético era inmune a la muerte o estaba libre de su acoso por la sencilla razón de que no concebía ni la muerte ni la paulatina decadencia que a ella conduce. Algo, que era bueno y en la actualidad se añora, terminó para siempre. ¿La edad de la salud y de la lozanía, la de los juegos y las ilusiones? Lo que resulta obvio es que aquello que llegó a su término era una fuente de acción (“se acabó la prisa”), de belleza (“esa música que movía ciertas estrellas”) y de alegría, acaso de felicidad (“las ganas de correr hacia los charcos”). La conciencia de esta pérdida definitiva traza un antes y un después, y este después establece el campo desesperanzado del poema. No hay lamento, sino constatación de una certidumbre. En adelante ya no será posible ignorar que la vida se rige conforme a las leyes inexorables de la caducidad.
La cama sin hacer y la huella de un pie (¿de quién?) sobre las baldosas nos sitúan en el ámbito doméstico, pero sólo hasta cierto punto. No es infrecuente en los poemas de Isabel Bono que la casa, como la mente, albergue la totalidad del mundo exterior y que este, con el firmamento incluido, se comporte de acuerdo con los deseos, poéticos o no, de la autora. Nótese la sutilidad con que se dibujan en el poema, mediante la enumeración de unos cuantos elementos, la situación desfavorable en que ha quedado la persona que ahora se sabe mortal: las hojas secas, el hogar vacío, las horas consagradas en balde al sueño, la ausencia de pájaros y frutos. Ningún rasgo de truculencia enturbia el poema. No hay en él grito, solemnidad retórica ni el tradicional aditivo de la queja amarga. La repetición de la frase “todo se gasta”, insinuación del reloj que marca sin sobresaltos la cuenta atrás, nos da de sobra la herida interior de la poeta sin necesidad de un gesto trágico.

En busca de confirmación a mi lectura, pedí a la autora por correo electrónico que me revelase por favor el origen del poema. Ella recordaba con exactitud el momento en que lo había gestado, impelida por un episodio de su vida privada que le había ocasionado una súbita rasgadura en la conciencia. Quizá sería más preciso decir un despertar doloroso, lo que confiere naturaleza simbólica a “la cama sin hacer” donde ahora sabemos que el sujeto poético vivió como en un sueño plácido su infancia y juventud, sin descartar el sentido de la cama como escenario de la pasión sexual. “Aramburu, ya no brillo”, me escribió Isabel Bono en su mensaje. No puedo por menos de leer el poema “echo de menos ser inmortal” como una elegía a los mejores años de la vida, ya definitivamente perdidos, ya para siempre gastados.
(Esta reflexión forma parte de la serie Vetas profundas. Se publicó el pasado sábado, 3 de septiembre, en el suplemento Territorios de El Correo.)

lunes, 29 de agosto de 2016

"PATRIA", LA ILUSTRACIÓN DE LA CUBIERTA


Fotografía de Filiep Colpaert


No tengo la menor duda de que uno de los aspectos principales en la edición de un libro es la ilustración de la cubierta. El libro, como se sabe, entra primeramente por los ojos. No sé los demás, pero yo he llegado a comprar alguno movido por su apariencia atractiva. O, en todo caso, si tuve que elegir entre dos o tres títulos, me incliné por el que presentaba la imagen más bella, grata o sugerente. Esto no quita para que uno haya leído obras maravillosas editadas pobremente. En última instancia, prefiero un libro feo, pero de contenido genial, a uno hermoso, pero vacuo y mal escrito.
Alguna vez he llegado a proponer una ilustración al editor para un libro mío. No es lo habitual. Creo que Tusquets tiene buena mano para estas cosas y a mí me parece que el criterio del diletante (en este caso, yo) no debe prevalecer sobre el del experto y el profesional.
En lo tocante a Patria, no recuerdo que el editor y yo hubiéramos llegado nunca antes con tanta rapidez a un acuerdo. De hecho, la ilustración elegida fue la primera que se me propuso. No hizo falta seguir buscando. Como de costumbre, no estuve solo en la elección. Hice el consabido referéndum entre amigos y familiares. Votaron cinco personas. Tan sólo una mostró dudas; el resto compartió mi aprobación entusiástica.
La ilustración de Patria es obra de un fotógrafo profesional que ofrece en Internet los frutos de su trabajo a cambio de legítimos honorarios. No lo conozco de nada, aunque con posterioridad he estado ojeando con interés sus fotografías. Se llama Filiep Colpaert. Es belga. Curiosamente, de los tres elementos primordiales de la imagen (la lluvia, la silueta humana con posible boina y el paraguas rojo) no me fijé bien en el que seguramente tiene mayor peso simbólico, el paraguas. En mi novela llueve con frecuencia y, en un momento determinado de la narración, un hombre recorre bajo la lluvia el último trecho de su vida. Que el paraguas de la fotografía sea rojo pudiera parecer un elemento exótico. Esta impresión es, con todo, errónea, como tantas otras en las que incurriremos a buen seguro si juzgamos desde tópicos y prejuicios la realidad social vasca de las últimas tres décadas.
Fue después de haber elegido la ilustración de la cubierta cuando recordé (y unas fotos de prensa me lo confirmaron) que el paraguas que llevaba el periodista José Luis López de Lacalle el día en que ETA lo asesinó en Andoáin era de color rojo.

jueves, 25 de agosto de 2016

"PATRIA", MI PRÓXIMA NOVELA, ESTÁ AL CAER




Va faltando menos para que llegue a las librerías mi nueva novela, titulada Patria. Según noticias de la editorial (Tusquets Editores), esto deberá ocurrir el próximo día 6 de septiembre. La novela ya ha pasado por las manos de algún crítico, de libreros y de gente cercana a la literatura. Por los comentarios y las preguntas que recibo, noto que el enfoque político, sin duda innegable, prevalece en el interés de estos primeros lectores sobre otros aspectos a mi juicio no menos relevantes de la historia que narré. Y más que historia, acaso debería hablar de conjunto de historias surgidas de la no siempre fácil convivencia entre nueve protagonistas.
Siempre me da un no se qué hablar de mis obras en las entrevistas, y desgranar intenciones y objetivos y dar mi interpretación de lo que no he leído como un lector al uso, como yo mismo cuando leo los libros ajenos. Siento en tales ocasiones que soy injusto, incluso mezquino, con mis obras y que las simplifico, en parte porque, para cuando se publican, ya las tengo borradas del primer plano de la memoria; en parte, también, por torpeza mental.
Patria entra de lleno en el asunto del terrorismo de ETA. Lo hace desde perspectivas y sensibilidades diversas, entre las cuales no faltan, claro está, las de las víctimas ni las de los victimarios. Pero contiene asimismo un sinfín de episodios de vida familiar, de amores y desamores, de felicidades e infortunios, de viajes y enfermedades, de sueños y decepciones, y de cualesquiera vivencias que puede conocer cualquiera, si bien en una época y un espacio determinados por la violencia terrorista.
Tengo la incómoda sensación de que con este anuncio incurro en el abuso de prefijar la lectura de los posibles lectores. No es mi intención. Confieso que, con el propósito de dar el texto sin aditivos políticos, morales ni de ningún otro tipo, me abstuve de anteponerle una cita, un prólogo, una dedicatoria. Saldrá, pues, sin mis huellas dactilares, aunque con un glosario al final del libro donde se aclaran, para quien lo necesite, los términos del euskera usados en la novela. Abrigo el convencimiento de que mis obras literarias, desde el mismo instante en que las entrego al editor, han dejado de pertenecerme. No digamos cuando llegan a manos de quienes las van a sufrir o gozar. Me callo, pues. Y que cada cual juzgue mi trabajo como crea conveniente.