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miércoles, 10 de diciembre de 2014

EN SERIO, LOS 10 MEJORES LIBROS DEL 2014




A mi alma, este año, le ha dado por leer. ¡Claro, como no trabaja ni está obligada al reposo nocturno! Yo supongo, sin embargo, que se aburre conmigo y mata el tiempo leyendo. Me ha preguntado si puedo publicar en el blog la lista de los diez libros que más le han gustado durante el 2014. ¿Tú también? ¡Pero si todo el mundo anda a vueltas con las puñeteras listas! De todo hacemos una competición, una carrera. Le pregunto si el orden de los títulos se corresponde con sus preferencias. Dice que no, que es el orden en que ha leído los libros. ¿Y estás segura de que esos en concreto son los que más te han gustado? Responde, sin titubear, que sí. Le hago ver que mi última novela, publicada en febrero, no figura en la lista. No, dice, es que no la he leído. ¡Lo que faltaba, que no me lea ni mi propia alma! Finalmente le pregunto cuántos libros ha leído este año y me dice que diez. ¿Cómo? Diez. O sea, que los diez libros que ha leído son los diez que más le han gustado. ¡Pues ya es casualidad!

He aquí la lista, el top ten, de mi alma:

Perros en el tiempo – Ricardo Menéndez Salmón
Perro de oro (antología) – Eloy Sánchez Rosillo
La perrera no invita a la lógica – Enrique Vila-Matas
Los desengaños (caninos, se entiende) – Antonio Lucas
La canina reputación – Ignacio Martínez de Pisón
Perro y Gasset – Jordi Gracia
Más allá, perro – Álvaro Valverde
Los bosques tienen sus propios perros – Carlos Yushimito
La casa del perro en invierno – Luis Landero
El perro en las hojas – J. Á. González Sainz


lunes, 27 de octubre de 2014

CONTRA LA COSTUMBRE DE LEER LOS LIBROS DE UN TIRÓN


Ilustración de Max.

La intención es buena. Uno ha disfrutado con un libro y afirma en público que lo ha leído de un tirón o de una sentada, como queriendo decir que el referido libro tiene tanta calidad que no ha podido parar de leerlo o que lo ha leído rápidamente por lo apasionante que le resultaba su lectura.
La incontinencia verbal lleva a algunos todavía más lejos en el empeño hiperbólico. Son los que afirman, por las razones arriba consignadas, haber devorado cierto libro. Se me hace a mí que en tales ocasiones olvidan que con frecuencia las palabras no solamente significan lo que uno quiere que signifiquen o cree que significan. Convengo en que estas frases elogiosas, la primera vez que se dijeron, estaban bien. Alguien esforzó su ingenio, las inventó y, como sucede con las manadas, tomó la delantera, abriendo camino. El resto simplemente va detrás.
A mí no me parece que se le hace una publicidad adecuada a un libro asegurando que se lee a toda leche. A lo mejor es que soy muy raro, pero por regla general las obras que más deleite me procuran y más interés me despiertan piden de mí una lectura reposada, que a ser posible no deje escapar ningún matiz, que me permita la vuelta a pasajes particularmente brillantes, eufónicos, bien escritos. Si el libro entraña, además, alguna dificultad, me cabe la opción de descubrir y aprender. Para averiguar tan sólo quién es el asesino o si los náufragos alcanzarán la costa, me basta el periódico.
Los buenos libros me recuerdan a los buenos vinos. Uno no se los trinca de un trago; antes bien, pasándolos calmadamente por la lengua y el paladar, poniendo a trabajar con concentración y esmero a cada una de sus papilas gustativas. ¿O no?

viernes, 24 de octubre de 2014

EL NUEVO LIBRO DE LUIS LANDERO



 
Hay lugares en los que enseguida me siento a gusto. Nada más llegar, ya estoy bien y deseo quedarme. Uno de dichos lugares es la literatura de Luis Landero. Hay en la mirada de este autor sobre las cosas y los hombres, sobre los animales y los paisajes, una afabilidad que me hace especialmente gratos sus escritos. Salvo las obras que tenga escondidas en su casa, creo haberlas leído todas. La última, este El balcón en invierno publicado el pasado mes de septiembre.
Landero ha estado derramándose en los personajes de sus novelas, delegando en ellos vivencias propias. Esta vez, no. Ha mandado a la porra una novela que iba a escribir, al parecer sin ganas, no más que por la inercia de ser novelista, y ha llenado las páginas de este hermoso y entrañable libro con pormenores de su pasado, con historias familiares y reflexiones acerca de la propia identidad. Todo ello, como de costumbre en él, asentado en una prosa clara, serena, bien modulada, cincelada sin exageración ni rigidez académica. La prosa de Landero es una de las mayores delicias que ofrece la literatura española actual.
Siento una enorme simpatía por el autor; pero ahora que sé que bailó con Sofia Loren en Moscú, creo que no me voy a lavar las manos durante varios días la próxima vez que lo abrace. Tiene Landero una perspicacia narrativa especial para la peripecia risueña, para los episodios amenos de los que cabe extraer alguna clase de enseñanza. Son, por así decir, lecciones de humanidad. A mí me da que Landero tiene un corazón de veinte arrobas, por decirlo a la manera rural que él ha empleado en numerosos pasajes de este nuevo libro.
Y el padre. La obsesión del padre de la que tampoco se libran tantos protagonistas de sus libros, presencia constante aun después de muerto que lo convierte en una suerte de juez implacable, de Dios dispuesto a castigar al hijo que no se esfuerza ni saca provecho de sus aptitudes. Por ese lado, Landero ha merecido a mi parecer la absolución gracias a la coartada de la literatura. Ni abogado ni guitarrista: escritor de primera categoría. ¿Quién lo hubiera dicho cuando era niño en su pueblo de Extremadura?
Y la tierra natal, a la que dedica testimonios de una calidad literaria superior. Y tantas gentes recordadas, traídas de nuevo al afecto por la vía del testimonio escrito. Y pájaros y oficios y accidentes del terreno. Y también Madrid, en años humildes y penosos. La emigración, el tedio cotidiano, la interminable lucha por salir adelante, los libros capaces de cambiar para bien el rumbo de una vida.
Por ahí he oído calificar El balcón en invierno de joya. Sin vacilar secundo el elogio.

jueves, 23 de octubre de 2014

UNAS CUANTAS IMÁGENES DE MÚNICH



Estuve el otro día en Múnich. Invitado por el Instituto Cervantes, participé en una llamada Semana de las letras españolas, junto con Jesús Carrasco, Elia Barceló y Ricardo Menéndez Salmón. Gente estupenda, cada cual a su manera, con su personal forma de ser y de sonreír.
Total, que el segundo día salí a callejear, doblé esquinas, evité charcos, subí y bajé, cámara de fotos en mano. Van a continuación unas pocas impresiones por si interesan.
 
Kitsch bávaro
Mediodía en Marienplatz. Carillón y figuras giratorias
 
10 castañas, 3 euros
Típico puesto de fruta callejero
Entrada a la zona peatonal
 
Boca del metro
Ein Helles Bier
 
El indefectible cestillo de Brezel
Pedí y me sirvieron. Gloria a la Augustiner Bierhalle
Este señor no dejaba de mirarme

domingo, 19 de octubre de 2014

UN ESPAÑOL EN LA VECINDAD




El otro día estuve en Barcelona. Asistí a la cena del Premio Planeta. Era la primera vez. Comí, bebí. Todo gratis. Más de mil cabezas se apretaban en el espacioso recinto. Pidieron aplausos para la Ministra de Fomento y para el President. Me abstuve. Soy más de aplaudir a cantantes, a caballos y amaneceres. Vi a este y al otro. Vi trajes y corbatas. Vi mujeres igualadas por el bótox, el común peinado rubio y liso y los tacones. Yo, la verdad, en Alemania, donde respiro, no veo ni la mitad de rubias que en España. Le dieron el premio a un mexicano. Cuando leyeron el título de la novela tuve que contener la risa. Quedó segunda una señora muy operada de cara; la cual, si no entendí mal, había estado tres días encerrada en su casa, follando con un francés que luego se fue a la guerra y la novela trata de eso. Creo que me gustaría más leer La Fenomenología del Espíritu de rodillas. Al día siguiente salió el sol. Pasó el tranvía. Y bajando por la Diagonal, fotografié una fachada. Se conoce que vive un español en el inmueble. A mí antes me gustaba mucho Barcelona. No había tantas banderas. Luego murió Copito de Nieve y ahora yo noto malas vibraciones en el aire.