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domingo, 2 de abril de 2017

SOBRE UN POEMA DE MIGUEL HERNÁNDEZ



CANCIÓN PRIMERA

Se ha retirado el campo
al ver abalanzarse
crispadamente al hombre.

¡Qué abismo entre el olivo
y el hombre se descubre!

El animal que canta:
el animal que puede
llorar y echar raíces,
rememoró sus garras.

Garras que revestía
de suavidad y flores,
pero que, al fin, desnuda
en toda su crueldad.

Crepitan en mis manos.
Aparta de ellas, hijo.
Estoy dispuesto a hundirlas,
dispuesto a proyectarlas
sobre tu carne leve.

He regresado al tigre.
Aparta, o te destrozo.

Hoy el amor es muerte,
y el hombre acecha al hombre.

Miguel Hernández


Las garras del hombre

Hace años tuve ocasión de escuchar a un hombre que había participado de joven, con el ejército alemán, en la Segunda Guerra Mundial. Me dijo que antes de entrar en combate no había visto nunca a un ruso. A sus ojos de soldado, un ruso no era un ser humano concreto, provisto de nombre propio y señas singulares, sino apenas un uniforme agazapado o en movimiento contra el que debía disparar. Con intención igualadora, a todo miembro del Ejército Rojo se le aplicaba en la filas alemanas el apodo de Iván. El hombre con quien conversé aseguraba que el estímulo primordial de su acción era matar para no ser matado. Negaba haber sentido odio en el campo de batalla.
El odio se enciende con especial intensidad en aquellos conflictos que enfrentan a los que se conocen y hablan el mismo idioma. La guerra civil española de 1936, no sin razón tildada de fratricida, abundó en episodios de ensañamiento entre vecinos. Las heridas se transmitieron de una generación a otra y todavía, transcurridas las décadas, hay españoles que siguen sintiendo una ofensa asociada a un hecho que ocurrió con anterioridad a su nacimiento.
Acerca del odio que corroe por dentro a los hombres y hace de ellos fieras en enfrentamientos armados como aquel de 1936 versa el poema “Canción primera”, escrito en algún remanso del combate por el poeta Miguel Hernández (1910-1942). Sabido es que él, hijo al fin y al cabo de su época, participó con el fusil y la pluma en aquella guerra cruenta. Con el arma defendió la posiciones del bando republicano en diversos frentes; con los poemas, destinados en su mayor parte a la declamación, trató de alentar a los suyos. Reunidos en 1939 para su publicación bajo el título de El hombre acecha, estos poemas de trinchera llegaron a estar impresos, pero no encuadernados, por los días en que las tropas del general Franco tomaron Valencia. Los pliegos sueltos fueron destruidos por los vencedores, pero no tan rápidamente como para impedir que unas manos oportunas rescatasen para la posteridad al menos dos ejemplares de la obra.
Un hálito de amargura se desprende de los heptasílabos que integran esta “Canción primera”. El tono del poema es exaltado, pero no de arenga. Aquí no se celebra ni se ensalza nada. Antes al contrario, en estos versos de elevada temperatura emocional se levanta una voz dolorida. No me parece que anden descaminados los estudiosos que atribuyen a Miguel Hernández un presentimiento de derrota por los días en que compuso la mayor parte de los poemas incluidos en El hombre acecha. Sea como fuere, “Canción primera” deja entrever un fondo de desánimo, de pérdida de fe en el hombre. Al mismo tiempo, muestra una especie de repliegue hacia la intimidad que anuncia el lirismo del libro posterior y último de Miguel Hernández, el Cancionero y romancero de ausencias.
Los cinco primeros versos del poema nos ponen sobre aviso de lo ocurrido. El hombre arrebatado por el furor ha roto su vínculo armónico con la naturaleza. Un instinto primitivo se ha despertado en él; un instinto salvaje que lo ha vaciado de cualquier asomo de humanidad. El campo se retira de esta criatura temible que irrumpe en el paraje no para trabajar la tierra ni para recorrerla como viajero o como paseante en actitud deleitosa y meditativa, sino con la crispación de quien se abalanza decidido a causar daño.
Un abismo se ha abierto entre el olivo y el hombre. La carga simbólica del árbol excede, a mi parecer, los límites de una mera representación de la paz y la naturaleza. El olivo del poema es vestigio de un pasado paradisíaco. Su pérdida no puede ser más dolorosa para un hombre como Miguel Hernández cuya infancia transcurrió en relación estrecha con el campo. Por sus biógrafos sabemos que de muchacho pasó innumerables horas pastoreando el hato de cabras de su padre. Con aquel tiempo y aquellos lugares se esfumaron asimismo el niño Miguel, sus esperanzas y la posibilidad de un futuro dichoso. Todo ello se perdió para siempre al otro lado del abismo, en la forma de aquel olivo lejano, ya para siempre inalcanzable.
En el hombre gozosamente fundido con el árbol, capaz de la ternura y las lágrimas, se ha operado una transformación negativa. Las raíces por las que succionaba los jugos nutricios de la tierra son ahora garras de felino, dispuestas a la acometida. El espacio de la suavidad y las flores lo ocupa la crueldad. No hay aquí promesa de victoria ni espacio para la propaganda, sino conciencia de haber sucumbido a una furia deshumanizadora. El odio ha despojado al hombre de su bondad primordial. “Canción primera” se nos muestra así como un texto esencialmente antibelilicista.
Las garras que crepitan en las manos del hombre poseído por un afán destructor ni siquiera se detienen ante el hijo, de quien pudiera esperarse que fuera visto como objeto de afecto paternal. Más le vale al pequeño apartarse si desea preservar su integridad física. No es accesoria esta mención del hijo. Miguel Hernández contrajo matrimonio con Josefina Manresa en su ciudad natal, Orihuela, durante la guerra. En el mismo año nació su primer hijo, muerto a los pocos meses; a principios de 1939, el segundo, para quien Hernández escribirá en la cárcel las célebres Nanas de la cebolla. Así pues, la presencia del hijo en “Canción primera” no constituye una invocación arbitraria. El poeta ha acudido con toda su verdad personal al poema.
Convertido en tigre, al hombre ya no le cabe otro destino que ensañarse y destruir. Su contacto, por fuerza letal, le veda el acto amoroso; de ahí la afirmación: Hoy el abrazo es muerte. Y si con sólo tocarlo o acariciarlo destrozaría al hijo, ¿qué no haría el hombre obcecado con los enemigos que se le pusieran por delante?
El último verso, del que surgió el título del libro, nos dice que esta locura frenética es de naturaleza colectiva. No estamos ante un demente solitario que se pone a causar destrozos por su cuenta. Son los hombres todos lanzados como muchedumbre de fieras sanguinarias a aniquilarse mutuamente en una guerra sin cuartel, cuyas consecuencias nefastas para la sociedad española se habrían de prolongar por espacio de largo tiempo. Aquel desastre histórico deparó al poeta un triste desenlace. Tras un periodo de penalidades carcelarias, mermado de salud, Miguel Hernández murió en una prisión de Alicante cuando aún no había cumplido treinta y dos años.
(Esta reflexión, perteneciente a la serie Vetas profundas, se publicó el sábado, día 1 de abril, en el suplemento Territorios de El Correo.)

lunes, 27 de marzo de 2017

LA NUEVA NOVELA DE OREJUDO, PILI



Lo de Pili es una broma cuya explicación está en el nuevo libro de Antonio Orejudo. He averiguado que dicho libro empezará a distribuirse el próximo 4 de abril. Como comparto editorial con el autor, ya he tenido la fortuna de leerlo. Lleva por título Los cinco y yo. Es y no es una novela. En cuanto empieza a parecerlo, ya no es y, en cuanto no es, empieza de nuevo a serlo y parecerlo. A ratos resulta evidente el espesor confesional del libro. Este contiene tramos de crónica de formación, del camino vital recorrido por aquel niño madrileño nacido en 1963 que acude a este colegio, que tiene este padre y esa madre y aquellos profesores, que se ejercita en la amistad con otros de su especie y condición, y en el sexo, y en la literatura, y conoce a Reig (Rafael), figura decisiva, y va y viene, haciéndose poco a poco, en la España que le tocó en suerte, el adulto en que finalmente se ha convertido, escritor para más señas, a mi juicio ya en grado pleno de madurez. Los cinco son una presencia antigua en las lecturas de mocedad del futuro novelista y profesor de universidad. Son Ana, Jorge, Tim, Dick y Julián, jóvenes protagonistas de las novelas de Enid Blyton y algo más: la proyección de los deseos del adolescente Toni (Orejudo) por vivir aventuras y peripecias en otros paisajes, en otros mundos de relaciones humanas, distintos de aquel suyo de finales del franquismo, desfavorable para el disfrute de la libertad. Con todo, Orejudo no sería Orejudo sin un punto de humor cruel, que en este libro está adecuadamente dosificado. Orejudo en su libro, Reig (ficcionalizado con mucho ingenio) en uno suyo titulado After five, imaginan la transformación en seres adultos de los cinco adolescentes de Enid Blyton. Asoman entonces segmentos de vidas torcidas, de drogas, codicia, inmoralidad, fraudes farmacológicos y lo que caiga, que no es poco ni apenas noble o ejemplar. Esta especie de ficción dentro de la ficción es un punto fuerte de Los cinco y yo. No es el único. En el libro hay páginas estupendas de reflexión junto al relato de peripecias amenas y a menudo tronchantes. Y, en general, un leve regusto de amargura, propio del hombre consciente de que los años lozanos quedaron atrás y de que la cosecha de sueños cumplidos ha sido, ¿cómo diría yo?, más bien escasa.

sábado, 21 de enero de 2017

SOBRE UNA NOVELA DE ISABEL BONO




Una casa en Bleturge es la primera novela publicada por Isabel Bono. Con ella ganó el Premio Café Gijón en su edición de 2016 y no me extraña. Relaciones familiares tóxicas y rencores larvados, a veces ostensibles, pueblan sus páginas, redactadas con la particular personalidad que aplica la autora  a todo cuanto escribe. Los personajes no tienen nombre. Son el padre, la madre, la hija, la hermana, el abuelo, además de hombres y mujeres sueltos que van por la calle, que viajan en autobús o compran en el supermercado. Buscan, si no la felicidad, algún tipo de acomodo en la vida. Es raro que lo consigan. Para ello haría falta un lugar imaginario como Bleturge, donde nadie hiciera preguntas, donde no hubiera que dar explicaciones y acaso el mundo tuviera la deferencia de adaptarse a los deseos de uno y no al revés. Los miembros de la familia de los protagonistas conviven; más bien coexisten y se soportan sin apenas rozarse, sin comprenderse, lo que tampoco parece alterar el ritmo cotidiano de sus vidas bastante grises. Sobre todos ellos pesa la sombra de un hijo muerto a edad temprana. El padre culpa de ello a la hija y la odia minuciosa y duraderamente. La madre es quien lleva el mayor peso de la narración. Su mirada introspectiva prevalece sobre todas las demás. Se trata de una mujer madura, encerrada en una insatisfactoria área doméstica, que cuida de su anciano padre, enfermo en un hospital. Ella es el alma de la novela, la que imagina la única casa que existe en Bleturge, y es, antes que nada, una narradora excepcional. Sus actos a menudo anómalos atraen sobre ella la sospecha de la locura. Lo que a algunos les pueda parecer chifladuras, para ella son hábitos que constituyen una especie de mitología personal. Su lucidez, a veces cruel, siempre deshinbida, se transmite a cada instante a la narración. Recuerdo con particular agrado el episodio en que de improviso se hace pasar por cliente de un hotel y entra en una habitación ajena, donde, aprovechando la ausencia del huésped, se ducha, usa el cepillo de dientes del hombre, se pasea desnuda, se expone al riesgo de ser sorprendida. Una casa en Bleturge es cualquier cosa menos una novela explícita. Tiene un poder de sugerencia notable. Roza a ratos la poesía a la manera como Isabel Bono concibe el género, nunca de modo convencional, sino con su inconfundible estilo escueto, sugerente, que no rehúye lo feo, sucio y mórbido, que con frecuencia da lugar a pensamientos hermosos y a frases afiladas que cortan el aliento. La novela de Isabel Bono me ha gustado mucho y por eso me he animado a publicar este comentario.

sábado, 7 de enero de 2017

RICARDO PIGLIA Y LA LUNA



Hace unos años coincidí con Ricardo Piglia en Barcelona, en los estudios de una cadena de televisión. Lo acababa de entrevistar Ignacio Vidal-Folch. Tras él, me tocaba a mí tomar asiento ante las cámaras. En aquel breve entreacto pudimos intecambiar una pocas palabras de circunstancias. Piglia, que seguramente no me conocía, tuvo la gentileza de responderme por escrito, de pie junto a una pequeña mesa, a una tarjeta con la pregunta sobre la luna. Hoy su frase improvisada figura en mi particular banco caligráfico de escritores con el número 177. Ricardo Piglia falleció ayer en Buenos Aires, a los setenta y seis años, aquejado de una grave enfermedad. Quedan por fortuna sus libros, en los que él puso tanta sabiduría como amor por la literatura. Reproduzco a continuación, a modo de homenaje, esta breve muestra de su letra.