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domingo, 20 de agosto de 2017

REFLEXIÓN SOBRE UN POEMA DE FRANCISCO BRINES




LA PERVERSIÓN



La hermosura de la vida no acaba, y así nos lo parece a los humanos. Y amamos
las cosas que aquí se continúan, los cuerpos que ocuparán, con más belleza, nuestro sitio,
y vamos ya llegando a la quietud difícil, y aceptarán nuestro silencio con comprensión, 
               porque nosotros antes
habremos comprendido y aceptado la noche ya sin fin y sin estrellas.

Quizás hayas venido, ahora que nuestros cuerpos se han amado con furia y alegría,
para escuchar de mí esta verdad sencilla, y que aún desconoces:
ningún hombre es feliz.


Francisco Brines

La felicidad imposible

Insistencias en Luzbel fue el primer libro de Francisco Brines (Oliva, Valencia, 1932) que yo leí. Conservo el ejemplar, una primera edición de 1977. Ya uno, a los dieciocho años e incluso antes, leía y escribía poemas con regularidad. No es raro que pronto entrase en mi conocimiento, por recomendación de algún compañero, por la lectura tal vez de una reseña, la poesía de un poeta tan destacado como Brines.
A la obra mencionada pertenece el poema “La perversión”. Juzgo oportuno contar que en aquel entonces lo leí desde la perspectiva vital de la juventud. Transcurridas las décadas, lo he releído con la certeza de haber rebasado la edad del poeta cuando lo compuso. En aquella época, joven, inexperto, libre de obligaciones laborales y familiares, tuve la sensación de que Brines se dirigía en su poema a personas como yo. Ahora tengo la sensación de estar hablando a otros por boca del poeta.
Es posible que por entonces el texto obrara en mí el efecto de una advertencia. Hoy me veo obligado a adoptar el punto de vista del hombre metido en años que declara su verdad adversa a los jóvenes del momento. No cabe más remedio que admitir que, en lo que a los miembros de mi generación respecta, aquella advertencia profética de Brines se ha cumplido. Ya en viejos tiempos era razonable pensar que no había otra posibilidad, a menos que interviniese una muerte prematura. Claro que, a edad temprana, está uno tan ocupado en vivir su juventud que malditas las ganas que tiene de mortificarse antes de tiempo con mensajes agoreros.
La pérdida consignada en el poema es doble. Quienes estén familiarizados con los libros de versos de Francisco Brines no ignorarán que el lamento por dicha pérdida constituye un asunto central de su poesía. Los estragos de la edad imponen al hombre avejentado la decadencia física, arrastrándolo sin que él lo pueda evitar hacia la noche que nunca acaba, donde reina la quietud y en la que no brilla una sola estrella, espacio eterno y oscuro de los difuntos.
A esta primera pérdida se añade la de la vitalidad y el atractivo corporal favorecedores de la relación amorosa. No ha desaparecido en la edad provecta la necesidad del placer físico. Lo que el amante lleva al encuentro carnal ya no es aquella lozanía que antaño tuvo y de la cual el tiempo lo ha despojado. “La hermosura de la vida” perdura. Según se mire, ni siquiera ha variado. Lo que sucede es que ahora se encarna en otros cuerpos más fuertes, ágiles y esbeltos, y este relevo ha de proseguir mientras exista el género humano.
La ley inflexible del tiempo genera sin duda dolor. Es por añadidura gratuita, por no decir absurda. De ahí seguramente su perversión, al menos para aquellos en quienes prevalece el convencimiento de que a uno lo obsequian por azar con unos dones para después arrebatárselos con crueldad minuciosa y para entregárselos a los que vienen por detrás. Los cuales, a su vez, cuando les llegue la hora, correrán la misma suerte con conciencia plena de su paulatina degradación. Es como si la vida se valiese de nuestros cuerpos para vivir, valga la redundancia, su vida, de la que cada uno de nosotros termina siendo un desecho.
Todo esto (que se ha dicho muchas veces, pero no siempre en palabras dignas de merecer el calificativo de poéticas) está expresado con lucidez, con serenidad próxima a la entereza, en la primera de las dos estrofas de que se compone el poema “La perversión”. Me doy cuenta ahora de que he escrito estrofas como podía haber escrito párrafos. El propósito enunciativo de los versos, la dicción sosegada y el tono de resignación se amoldan con naturalidad a un tipo de escritura cercano a la prosa. Lo confirma una lectura en voz alta. Aquí la modulación del lenguaje es más propia de la conversación que del canto y resulta punto menos que inevitable evocar los hábitos expresivos de la última poesía de Luis Cernuda.
La segunda estrofa introduce de improviso un interlocutor en el poema. Entendemos que el discurso inicial o, si se prefiere, la lección de vida resumida en los cuatro primeros versos no es un monólogo. Alguien a quien no se nombra está escuchando. Alguien con quien el sujeto poético acaba de tener una relación física “con furia y alegría”, lo que induce a suponer que la experiencia ha sido tan satisfactoria como intensa. No se especifica el sexo del cuerpo amado. Tampoco se me figura relevante conocer este detalle. Sí importa, en cambio, constatar su juventud, deducible del hecho de que el interlocutor aún desconozca la “verdad sencilla” que presumiblemente ningún hombre maduro ignora.
Se infiere que para el sujeto poético la consumación del deleite amoroso no logra contrarrestar la esencial tragedia del ser humano. Dicho con otras palabras, no hay sitio para la felicidad en lo pasajero, en lo que tarde o temprano va a terminar. A lo sumo el hombre puede perder de vista durante un rato la cruda realidad de su condición perecedera, así como la desazón o la tristeza que la conciencia de dicha realidad le produzca. Hay, no obstante, un rasgo de grandeza moral (yo al menos así lo percibo) en el hecho de negar la felicidad sin negar la vida, lo que salvaguarda a “La perversión” de convertirse en un poema simplemente negativo.
Jorge Luis Borges consideraba una ingratitud negar la felicidad. Con esta afirmación contradijo a Brines; con otra, no obstante, le dio la razón. Fue al declarar en el último tramo de su vida, a modo de balance final, que no había sido feliz. Ambos poetas parecen coincidir en la búsqueda de aquello que su particular destino no les deparó. Este empeño, a mi juicio, los ennoblece. Es fácil el nihilismo cuando a uno le ha ido mal o acumula frustración. Es fácil y feo volverse entonces contra la vida, donde están sus contemporáneos, con el propósito de denigrarla sin paliativos.
El arrepentimiento de no haber sido feliz conlleva un reproche hacia uno mismo, el de no haberlo intentado con el suficiente convencimiento o coraje, quizá el de no reconocer que a veces (pocas, muchas veces) nos correspondieron instantes en que la vida pareció darse un homenaje gracias a algo que hicimos o dijimos, que nos sucedió a solas o en compañía de otros. No está entre las menores felicidades la experiencia de lo poético. Acaso, para describirla, resulte conveniente enumerar sus causas. Pongo por caso la belleza, la intensidad de la emoción, la excelencia del estilo, la musicalidad del lenguaje o eso que, para entendernos rápidamente, pudiéramos llamar densidad de pensamiento. A mí me complace incluir en la no cerrada lista el gesto noble asociado a la expresión literaria, que es exactamente lo que encuentro en el poema sereno y dolorido de Francisco Brines.
(Este artículo se publicó el sábado 19 de agosto en el suplemento Territorios de El Correo. Es el último de la serie Vetas profundas.)